PD: ¡He recuperado los acentos! ¡Vivaaaa!
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Capitulo III
Jamás había usado un cuchillo para matar zombies, ni siquiera en videojuegos. Siempre le había tenido grima. Una vez probé el Doom 3 y casi me caigo del asiento cuando se fueron todas las luces del juego.
Y ahora estaba en un juego de zombies personal.
Salí de la carnicería en busca de unos chinos o una tienda de deporte o algo donde encontrar una mochila en condiciones, porque andar con cinco cuchillos enormes en una bolsa por ahí, más la comida y la Coca-cola no era algo precisamente seguro.
No tuve suerte en encontrar esos lugares, pero sí que hallé una librería de esas que venden carteras para la vuelta al cole. Sé que suelen guardar bastantes en stock porque mi prima trabajaba en una tienda parecida. Crucé los dedos, rezando porque no las hubiesen devuelto a la fábrica.
Recuerdo que mientras escalaba libros (alguno me llevé prestado para cuando tuviera que esperar en la fuente), sorteaba estanerías y saltaba obstáculos buscando el almacén escondido comprendí que estaba sola en una ciudad infestada de zombies-planta. Tal vez todo el país estuviera cubierto de ellos. Quizá todo el mundo. ¿Y si yo era la única superviviente? ¿Era eso posible?
No, me obligué a pensar que no. Encontraría a mi padre, le contaría lo de mi madre y nos iríamos lejos a alguna especie de campo de refugiados, el gobierno ya habría tomado cartas en el asunto, habría de esos sitios... ¿verdad? En las peliculas siempre los hay. No dejarían que nos muriesemos todos... esperaba.
Un zombie enterrado en libros me cogió el pie cuando traté de pasar por encima. Su tacto rugoso me sobresaltó, me hacía daño. Tenía los dedos tan agarrotados y aplastados que era incapaz de clavarme sus afinadas espinas. Habría la boca, gemía, quería comerme. Era la primera vez que tenía uno tan cerca y no sabía como reaccionar, pero acordándome de mi profesor de biología del año pasado decidí hacerlo al puro estilo bárbaro. ¿Te agarran de la pierna? Respondes con un cuchillo.
Machete que va, cabeza que salta por los aires y rueda.
—¡Muere, bicho!
Vi con horror que la sangre de color violáceo de aquél ser derretía los libros que tocaba, los quemaba. Pronto nacería una hoguera y no había llegado a mi objetivo. Debía darme prisa.
Empecé a buscar, a golpear paredes, a mirar entre otros montones de aspecto inofensivo, a quitar carpetas y diccionarios de mi camino...; pero nada. La lumbre ya iluminaba mi camino, creando sombras sinuosas en las paredes que provocaban que mi joven corazón diese tumbos a cada ratos. El fuego ya casi me rodeaba y no había salida posible. Me agazapé contra una estantería de pared que había quedado intacta.
—Al menos no moriré siendo como uno de esos monstruos —quise consolarme.
Las llamas avanzaban raudas, dispuestas a comerme. Su naranjada piel ya se encontraba a menos de dos metros de mí, si las cejas no se me quemaron no sé porqué fue. Apreté con fuerza la bolsa contra mi pecho y la espalda a la estantería, esperando el doloroso final.
Clack.
La estantería se había movido.
Miré con asombro aquél descubrimiento, ¡una puerta secreta! ¡Estaba salvada! Al menos me daba unos minutos más de vida... ¿no? Ya no sabía si eso era bueno o no. A veces preferiría haber muerto en ese incendio a haber continuado con vida, así jamás hubiese tenido que vivir lo que he vivido.
Me escabullí dentro y cerré detrás de mí. Era hora de cumplir mi cometido y largarme.
El lugar no era mejor que lo que había fuera, pero por lo menos no estaba destrozado. Era pequeño, dudaba que tuvieran mucho allí dentro.
Había un libro sin nombre tirado en el suelo, lo cogí por curiosidad. Era el inventario. Suerte la mía, aquello me solucionaría mucho la vida. Empecé a revisar las páginas con inquietud, sabiendo que detrás de la falsa estantería había un mar de llamas. Por suerte no, todavía no habían mandado las mochilas de vuelta a la fábrica, aquello iba a efectuarse hoy. Se suponía que un camión iba a venir, pero jamás vino.
Entre las columnas de nombres hubo una que me llamó la atención; "Mochilla de montaña, pedido equivocado" pude descifrar.
El crepitar de las llamas de avisó de que no me quedaba demasiado.
Corrí al aparador que el libro marcaba y empecé a escalarlo, buscando la bentida bolsa que, efectivamente, era perfecta. Su forma, su peso, su color camuflaje. Tenía de todo lo que podía necesitar, incluso una botella de agua que vendría como bonus. Le saqué todo el relleno y metí mis cosas.
Había tenido una suerte loca, hora de escapar.
Las puertas estaban bloqueadas, una por fuego y la otra no se podía abrir. Las ventanas estaban muy altas y la única forma de alcanzarlas sería escalado estantes demasiado inestables, y por si fuera poco eran demasiado estrechas para mi cuerpo.
Sin embargo, no reparé en la habitación interior hasta que ya había perdido la esperanza. Era una de esas barras para atender a los clientes que impiden ver el interior ya que la puerta al almacén está semiescondida.
Gracias a la casualidad me había quedado en el lado por el cual la puerta había sido bloqueada. Si la desbloqueaba, podría pasar. Tal vez al otro lado sólo me encontrase más llamas, pero valía la pena intentarlo.
Por azares del destino y gracias a que tenía los brazos libres, pude escapar por ahí.
Nada más salir de la tienda en llamas enconté algo que tampoco esperaba hallar en la ciudad. Al final de la calle un policía me daba la espalda. Llevaba algo en la mano y parecía hablar o comerselo, tal vez era un bocata. Sólo sé que empecé a correr hacia él, gritando de contenta.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Señor! —grité, llorando de alegría—. ¡Estoy aquí! ¡Estoy viva! ¡Ha sido horrible! —ya podía olvidarme de los cuchillos, las galletas de la suerte, la botella de Coca-cola—. ¡Señor! —grité de nuevo al llegar a su lado tras sortear las obras.
Pero el policía no se daba la vuelta.
—¿Me oye? —pregunté, golpeandole el hombro.
—¡Griaararsghs! —me rugió volviéndose.
—¡No! —gemí asustada al ver otro engendro. Y no un engendro cualquiera, era el padre de una de mis mejores amigas, un hombre amable y cariñoso dedicado por completo a su familia...
... un engendro que ahora se comía un gatito, que, por cierto, siempre habían considerado familia.
—Saltarín... —susurré al ver la cabeza del cachorro colgando de su boca.
El zombie-planta empezó a acercárseme, manos por delante al puro estilo Hollywood, tratando de alcanzarme sin todavía haber acabado su reciente presa.
Grité, aquél no era el padre de mi amiga, era uno de ellos, uno más, y debía tratarle como tal. Agarré con fuerza el cuchillo que antes me había servido y traté de atacarle, pero el muy maldito seguía sabiendo ser policía y paró mi estocada con el brazo. Sus garras llenas de sangre trataron de agarrarme, pero salté hacia atrás. Me mataría, pero no se lo pondría tan fácil, la noche jugaba a mi favor.
Seguí retrocediendo y el acercándose sin dejar de masticar al pobre Saltarín, de cuyo cuerpo ya no se distinguía ni el pelaje.
—¡Monstruo! —le grité—. ¡Reacciona, mira lo que has hecho! ¡Te has comido a Saltarín! —le acusé—. ¡Era el gato de tu hija! ¡Ella lo quiere muchísimo! —lloré.
El Sr. Sanchez pareció pensarselo un momento, desvió la mirada, como si estuviera recordando. ¿Podía ser? ¿Podrían aquellos seres recuperar su humanidad?
No, no podían.
Grité al golpear el mugriento suelo de una alcantarilla que había estado abierta detrás de mi todo el tiempo. Aquél engendro me había sobresaltado y había caído. Esperé, mirandole atemorizada. Sus ojos parecían buscarme en la oscuridad y a pesar de que se me veía perfectamente él pareció ignorarme y se fue.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué de repente el mundo se había vuelto loco? De no haber sido de aquella zanja en la que ahora me encontraba jamás hubiera salvado el pellejo. Lo mejor sería mantenerme en las alcantarillas, que aunque no olían bien y eran oscuras, me servirían de refugio hasta que encontrase algo mejor.
Me arrastré lejos de la luz del amanecer y miré a la profunda oscuridad que seguía en el camino. Podía oír el eco de las gotas al caer, el silencio. Era inquietante.
—¿¡Quién anda ahí!? —gritó una voz ruda y rasgada, fuerte, de hombre, seguida del click-clack característico de las armas al perder el seguro—. ¿¡Eres otro de esos diablos!? —me gritó.
—N-no —mi boca se quedó seca y mis ojos deslumbrados por la repentina luz de una bombilla. ¡¡Había alguien más!! ¡No era la única superviviente!—. ¡No! —grité asustada—. ¡Estaba escapando, ellos...! —sollocé. ¿Por qué no veía que era como él y necesitaba ayuda.
Una mano muy fuerte y gorda me cogió del brazo y me empezó a arrastrar.
—Niña idiota —se quejó—, será mejor que te apartes de ahí si no quieres que el "coco" te coma —trataba de ser gracioso.
—¿Quién es usted?
—Háblame de tu —me pidió sin amabilidad alguna en su voz—. Soy un estúpido que vive en las alcantarillas —y su olor corporal lo confirmó.
***
A.D.A.
Sir saltarin, dios mio, a él no!
ResponderSuprimirNo estaba seguro en su mochila? malditos engendros tenebrosos (posiblemente nadie lo entienda, pero tu seguro que si, nell)
Encima su sangre es corrosiva? nos han jodido, como los monstruos del Silent Hill...
está muy bien este capitulo me gusta la parte del policia
ResponderSuprimires tipica escena de peli de zombies por eso me gusta...
probablemente me ponga yo también a escribir...pero tengo un gran problema con las intervenciones u.u
Está muy bien, no se porq no te convence Nellie xD
ResponderSuprimirJajajaja murió el gatito!!!! Tardçe un rato en caer en la cuenta de que habías dicho que un gatito moriría xDD.
El personaje medio desequilibrado y superviviente es otro clásico, como la parte de "Nos vamos a Ravenholm" del Half-life 2 xDD
En fin..me gusta me gusta xD
Sabes a lo que me recuerda? A "La invasión de los ultracuerpos". ¿La has visto? creo que sí. Bueno, que me recuerda.
ResponderSuprimirQue lástima el gatito... eso es que alguien no comentó el capi anterior!! Jum!! Como le coja...
Un superviviente! Wiiiii!! Mi instinto me dice que él me va a gustar XD